Aparaciones Santa María de la Cruz

En Cubas de la Sagra, Madrid, se apareció la Virgen a una niña de 12 años llamada Inés, estas apariciones están aprobadas por la iglesia católica y es una de las más documentadas.
En 1999 el Papa Juan Pablo II concedió un año jubilar mariano a gozar en este santuario, todos los fieles que peregrinaran a este lugar recibirían todas las indulgencias y beneficios de un jubileo pleno.

APARICIÓNES DE LA VIRGEN

(Todos diálogos están en castellano antiguo, pues están trascritos literalmente de las declaraciones de la pastorcita Inés)

La población de Cubas vivía bastante olvidada de sus deberes y tantos eran sus pecados que la mano del señor estaba suspendida sobre ella para castigarla sebera y ejemplarmente

El viernes, 3 de Marzo de 1449

Inés, muchacha de doce años, estaba cuidando cerdos en las afueras del pueblo, en un lugar llamado Fuente Cecilia, cuando al mediodía, poco más o menos, se le apareció una Señora muy “fermosa”, reluciente, vestida de paños de oro.

– ¿Qué faces aquí, fija?
– Guardo estos puercos.
– ¿Porque ayunas los días de Santa María en viernes?
– Porque me lo mandan mis padres.
– Faces bien; pero poco tienes que ayunar este año. Ayúnalo después en los días que cae Santa María, que quien lo ayuna, gana ochenta mil años de perdón. E Te mando que digas a todas las gentes que se confiesen e aderecen sus ánimas (que si no ponían termino a su desenfreno y pecados Dios iba a castigarles), que sepan que ha de venir gran pestilencia del dolor de costado e de piedras roñas envueltas en sangre, de lo cual morirá mucha gente.
– ¿E de esta pestilencia moriré yo e mi padre e mi madre?
– Eso será como Dios quisiese.
– Entonces desapareció la Señora.

La pastorcita Inés en su casa hilaba y rezaba, y desde hacía un año ayudaba a su padre, que era porquerizo, Alfonso Martínez, casado con Mari Sánchez; eran la familia más simple y pobre del pueblo, ella iba descalza. (La familia de Bernardita en Lourdes también será la más pobre).

Todos los testigos bajo juramento, incluso el capellán, están acordes en que la pobreza de la niña no era óbice para que fuera notablemente piadosa: confesaba desde los seis años frecuentemente “asaz veces más” que otras de su edad, rezaba el rosario, ayunaba “la media cuaresma”, y las vigilias de los santos, desde hacía cuatro años, y no bebía vino.

Curiosamente añaden que en las bodas no cantaba ni bailaba como las otras mozas. Su madre declara que nunca la vio deseosa de ir a bodas, sino de hacer oraciones. Y sabemos que guardando los cerdos rezaba el rosario. Respecto de la edad de Inés, el único que puntualiza es su padre; que “a tres de agosto vería cumplir trece años”. Su hermano Juan, preguntado, afirmó que no era “rencillosa”. Se ve, por todo, que hacía honor a su nombre (Inés significa cordera).

Cuando después le preguntaron diversas cosas sobre la Señora que se le apareció, aclaró que resplandecía su rostro, que llevaba una toca y una como saya abrochada por delante, ambas de oro; que no traía chapines, sino zapatos también

Cuando desapareció la Señora, ella dijo que tuvo miedo de lo que había visto. ¿Y qué hizo? Siguió guardando los cerdos hasta la tarde, volvió a rezar 150 avemarías con sus padrenuestros, y otras oraciones, ¡el rosario completo! (también Bernardita rezaba el rosario); luego merendó pan y agua. – no específica a qué hora -.

A un tiro de ballesta de ella había dos pastorcillos que guardaban ovejas. Con ellos volvió a Cubas, y por el camino les preguntó si habían visto algo; le contestaron que no.
– ¿No vistes hoy a mediodía aquella mujer muy fermosa que vino a mí cuando estavades merendado?
– No vimos nada, quizá sería alguna mondaría – prostituta -. Ellos no se “curaron” y se fueron con su ganado.

Esta malévola interpretación de sus compañeros debió aumentar más su miedo; el caso es que no se atrevió a trasmitir a nadie el mensaje de la Señora.

Inés, como todos los días, salió con los cerdos; esta vez al arroyo de Torrejón. A la misma hora del mediodía, y de igual manera que el día anterior, se le volvió a aparecer la Señora:

– Fija, ¿por qué no dijiste lo que te mandé aver decir?
– No lo he osado decir por recelo que no sería creída.
– Cata que te mando que lo digas, e si no te creyeren, yo te daré señal para que te crean.
– Señora, ¿quién sois?
– Eso no te diré agora.

Y desapareció la Señora.

Inés se decidió ya a contar lo que le había sucedido. Habló con sus padres y con otras personas del lugar, pero sus padres le dijeron que mentía, y que se callase, que la iban a tomar por bebida.

Este día nuestra pastorcita guardaba los cerdos en el llamado Prado Nuevo, cuando por tercera vez, a igual hora que los días anteriores y vestida de la misma forma, se le volvió a aparecer la Señora.

– Fija, ¿ibas dicho lo que te mandé decir.?
– Sí, Señora, lo he dicho a mi padre e a mi madre e a otras personas.
– Lo has de decir e publicar al clérigo e a todas las gentes sin ningún miedo ni temor.

Inés, como era viernes de cuaresma, ayunaba; no comió, ni antes ni después de la aparición, según declaró posteriormente.

De vuelta a su casa repitió a sus padres las palabras de la Señora. Su padre le dijo: “Calla, loca, que mientes”, su madre, en cambio, terminó animándola: “Pues, fija, dilo”.

Fue el día y sitio clave. Como ya se había corrido la voz, el clérigo Juan González, con otros hombres, fue a casa de los padres de Inés, hablaron con éstos y la llamaron a ella, la cual les contó todo lo sucedido. Entonces le dijeron:

– Ve hoy, y si vieres a esa Señora demándale señal para que lo creamos.

Y el clérigo se fue a decir Misa.

Inés salió con los cerdos, acompañada de su hermano Juan – parece que más pequeño que ella – y de su padre, al lugar llamado La Ciroleda. El padre los dejó allí y se volvió a Misa.

La Ciroleda, lugar de ciruelas, debía ser también un prado acuoso, como los demás sitios donde los otros días llevaba los cerdos. (El pueblo es rico en agua.) En este prado es donde se construyó el monasterio.

Inesilla, como la llamaban, dejó a su hermano en busca de una bestia que se había apartado, y le perdió de vista al llegar a unos majuelos (arbustos espinosos). Allí se puso de rodillas, con la boca en el suelo, pidiendo a la Señora que se volviese a aparecer, pero estaba temerosa. No es de extrañar; todas las personas importantes pendientes de ella; teniendo que pedirle a la Señora una señal; desde luego estaba metida en algo complicado.

Ese día tuvo lugar la aparición de la misma manera que los días anteriores.

– Levántate, fija.
Entonces se levanto; pero tuvo miedo. (Sería porque le habían dicho pidiera la señal a la Señora.)
– Yo havas miedo.
– Señora, ¿’quién sois?
– Yo soy la Virgen Santa María.

Y acercándose a ella le cogió la mano derecha, y apretándosela la dejó todos los dedos juntos y el pulgar formando cruz con los demás.

– Anda, vete con esta señal por que crean, e aquesto pasarás tú por ellos, e vete a la iglesia, e llegarás cuando salgan de Misa, e enséñalo a todas las gentes por que te crean lo que dijeres, pues que llevas la señal.

El brazo le quedó a Inés dolorido hasta el codo, como seco. Con los ojos bajos se dirigió a su hermano:
– Hermano, guarda los puercos, que me ha dado la Virgen María señal, e me pegó la mano, e me dijo que iré al mejor tiempo del mundo que saldrán todos de Misa [que llegaré justo a tiempo, cuan- do salgan todos de Misa].

Efectivamente, nada más acabar la Misa, cuando el sacerdote iba a echar el agua bendita, vio entrar a Inés toda llorosa, y ponerse de rodillas ante el altar de Santa María. Contó públicamente cuanto le había sucedido. Todo el pueblo examinó su mano, que, según el sacerdote, parecía seca ni pudo despegar el pulgar de su mano, y viendo aquel milagro la creyeron y muchos besaron su mano.
“El clérigo, el alcalde e ames buenos del dicho lugar, habiendo mucha devoción a la dicha Señora Virgen Santa María, que tal milagro había mostrado a la dicha Inés, allegáronse todo el pueblo, con gran devoción con las cruces e con candelas e hachas de cera encendidas en las manos; todos en procesión, descalzos, con los más niños que se pudieron haber del dicho lugar, e tomaron a la dicha Inés consigo. E ficieron una cruz de palo para la poner en el dicho lugar donde la dicha Señora le había tomado la mano, e en ella fecha la dicha señal.

E queriendo salir de las eras del dicho lugar e entrando entre las viñas [hoy ya no hay viñas ni ciruelos ni majuelos] iba la dicha Inés delante los niños, e vida a la Virgen María contra la echadura de un tejo de ella [a un tiro de piedra] e volvió la cabeza e dijo a los regidores, que iban ordenando la procesión de los dichos niños, que estuviesen quedos, que había oído que la llamaba la dicha Señora Virgen Santa María, e que le dijera dos veces: Anda acá; e la primera vez que no la vida, pero la segunda sí. E la dicha Inés dijo que quería ir a ver lo que le mandaba la dicha Señora. E luego le quitaron la candela que llevaba en la otra mano, e Andrés Fernández, regidor, que llevaba la cruz de palo, se la dio a la dicha Inés. E traspuso el cerro, por su camino adelante, e no la vieron.

E cuando se apartó de la dicha procesión vino para la dicha Señora Virgen Santa María, e fue con ella fasta el lugar da le había dado la dicha señal, e iba al lado derecho de la dicha Inés, e nunca le había dicho palabra ninguna fasta que llegaron al dicho lugar. E iba a pasito, pero llegaron en un trote, que no sabe cómo fueron tan aynas llegadas.
E como llegaron al dicho lugar, la Virgen María tomó la cruz en la mano derecha, e fincó los hinojos contra la cruz [se arrodilló ante la cruz], e después se levantó e la puso quedo en el suelo e se fincó en el suelo cuantía de un palmo e medio, e inhiesta.
– Fija, finca las rodillas de cara la procesión, e ten la Cruz fasta que llegue. E han de faeerme aquí una iglesia, que llamen Santa María. ‘Tú fas de volver agora a la iglesia con la procesión. E con algunas criaturas inocentes estarás ante mi altar hoy con la noche. E me han de decir dos Misas de Santa María ante mi altar, e te han de poner bajo de los evangelios de dichas Misas. E dichas las dos Misas te han de llevar a la iglesia de Santa María de Guadalupe, e lleva- rás cuatro libras de cera. Estarás allá dos días, e a la venida le han de traer acá; en faciendo oración la señal será desfecha. “

La procesión estuvo un poco detenida, haciendo todos oración de rodillas. Luego decidieron seguir, y al subir al cerro vieron a Inés de lejos, que estaba arrodillada mirando hacia ellos, con la Cruz delante. Al llegar junto a ella les trasmitió el mensaje que le acababa de dar la Virgen.

Le preguntaron dónde había estado la Virgen y les señaló unas pisadas pequeñas en un arenalejo, como de avampiés de paño (zapatillas). Muchos cogieron con mucha devoción de aquella arena.

Encontrando las huellas benditas de la virgen y se apresuraron a poner sus labios en ellas y se produjeron muchos milagros de todos aquellos que se encontraban aquejados de algunas enfermedades o faltos de algún miembro o sentido.

Dejaron allí la Cruz. Con ella se quedaron algunos hombres para guardarla, y la procesión se volvió a la iglesia, donde cumplieron lo que había ordenado la Virgen, de la vela nocturna y las dos Misas al día siguiente.